domingo, 19 de septiembre de 2010

No estoy triste, por eso no puedo escribirte la luna. Podría dibujarla, pero mis dedos están ocupados removiendo mi vida, chocolateándola con sonrisas y vainilla.
El gatito que ronroneaba en mi tejado se ha marchado, al igual que las lágrimas y las ojeras violetas, más de un no-muerto que de una zombie del sol.
Su colita, que antes limpiaba el amargo polvo prendido de mi ventana después de cada lluvia de jarrones, paragüeros y vajillas de flores, se ha desvanecido, junto con aquellos ríos de tantos, algo contaminados con el rímel violeta con el que antes te deslumbrabas.
Ahora tarareo como puedo, porque las heridas de mordiscos que yacen en mis labios, aunque estén cicatrizadas, no se han ido nunca, y puede que no lo hagan, a menos que encuentre a otro gatito, pero que esta vez no se gane la vida en cuadriláteros ni practique con esta pequeña muñequita, si no que dé besos sin esperar gemidos provocados ni orgasmos monoparentales.

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