Ella caminaba por el pasto seco, haciendo que crujiera, de la misma manera en que crujían los pedacitos de su corazón que aun lo querían. A cada paso que daba que se preguntaba un por qué, y las lágrimas volvían a recorrer sus mejillas con el mismo nombre y apellido.
Se sentía desdichada, tonta, pero lo que más le dolía era que había vuelto a cometer el mismo error. Sus pasos ya no valían la pena y su cuerpo perdía peso a medida que avanzaba, sus recuerdos agarraban fuerza y ella sólo dejaba que sus lágrimas rodaran por sus mejillas, el paisaje carecía de color, de alegría, de la misma manera en la que estaba ella ahora. Su respiración era desigual y sus ganas de volver casi nulas, por que? Se repetía una y otra vez, sus pies caminaba por instinto propio ya que ella no se lo ordenaba, simplemente quería quedarse en un agujero negro que no tuviera salida y que nadie supiera donde estaba. Sus lágrimas iban inhundando poco a poco el vaso que ella llamaba vida, había escuchado tantas veces que la esperanza era lo último que se perdía pero la de ella se la había llevado él dando pasos en la arena que ella intentaba seguir pero habían desaparecido. Ese nudo garganta le impedía hablar, quería sacarlo todo para afuera pero le era imposible, lo único que hacía era llorar en ese prado sin color. Una roca se interpuso en su camino y ella cayó, un obstáculo se metió en su carrera y ella perdió, de esa manera nunca llegaría a la meta y por más que lo intentara ser feliz le resultaba muy difícil. Cada recuerdo era como una abofetada para ella, eran tan vividos. Se mantuvo en el piso sin ánimos ni fuerza para seguir caminando, no tenía esa esperanza que era la que la empujaba hacia delante. Sus lágrimas formaron un charco a su alrededor que poco a poco la fue consumiendo hasta que de ella sólo quedo la espuma marcada en el suelo, el recuerdo marcado en su pecho

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