Y esperé por largo tiempo en el vagón del tren, esperando un milagro. Sabía que no volverías pero igual te esperaría, porque esa diminuta esperanza no se marchaba, por más que lo intentara. Recordaba el tacto de tu piel y como mi corazón se aceleraba cuando estabas cerca, o también cuando estabas lejos. Esperaba que algún día volvieras, pero aún así no me arrepentía de lo que hice. No era malo, pero destruía amistades. Enamorarse de alguien que podría ser mi mejor amigo, ese fue mi gran delito.
Temía afrontar la verdad y aceptar que la había embarrado. Todo podía marchar bien en estos momentos, pero no era así. La distancia se estaba interponiendo y separándonos un poco más. Me dolía, sí. Más no lo suficiente, o lo necesario, para huir.
Veía como las personas se montaban en su tren correspondiente, había una para cada una, y yo seguía esperando aquí en el vagón de uno. El vagón donde los recuerdos había quedado guardados, aunque sería mejor decía, tallados, ya que olvidarlos sería muy difícil.
Por las noches cuando la luna alumbraba la oscura estación, me asaltaban pequeños sueños en donde todo era rosa, en donde mis pensamientos quedaban nulos y mis sentimientos llenaban el vacío que dejó el silencio en tu pártida. La carta aun se encontraba en mi regazo, había guardado cada una, cada regalo, hasta una rosa marchita reposaba a mi lado. Esperando a que cuando llegarás, volviera a revivir.
Pero de todas formas, me sentía ilusa. ¿Revivir algo muerto? Quizá.
Aun cuando manto oscuro de la noche caía sobre mis hombros, esperaba a que diminutas estrellas aparecieran, esas que me hicieran recobrar la luz, pero quizá había quedado segada por la luz de una estrella fugaz, llamada tú.
Le había pedido un deseo un 20 de enero, que tu regresaras. Pero aquí sigo esperando, en el viejo vagón donde quedaran mis lágrimas, recuerdos, y el frasquito donde guardé todo mi amor, para que lo llevaras contigo.
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